Bienvenida a este espacio
¡Hola! Bienvenida a este espacio ✺
Me alegra que estés aquí y que quieras conocer un poco más de mí.
Me llamo Valeria, pero puedes decirme Val.
Soy psicóloga con enfoque clínico e informado en trauma.
Mi formación integra psicología, psicotraumatología, terapia somática, terapia EMDR, terapia transpersonal y estudié un año con Gabor Maté y su enfoque Compassionate Inquiry®️.
También tengo formación para facilitar procesos de expansión de consciencia, como hipnosis QHHT y respiración holotrópica.
Pero antes de llegar aquí, mi camino no fue lineal.
Antes de seguir leyendo: toma en cuenta que este “sobre mí” es un poco largo, así que ponte cómoda… y recuerda que también puedes leerlo por partes.
Quiero contarte de una manera muy cercana y muy humana, no solo que hago, sino cómo ha sido mi propio camino para llegar a esto que hago… y desde dónde lo hago.
Desde muy pequeña, algo dentro de mí siempre supo que quería acompañar y durante mucho tiempo, estudiar psicología fue mi primera opción.
Había una parte de mí que se sentía extremadamente atraída (y también bastante emocionada) por el mundo externo sí, pero también por el mundo interno: por las preguntas humanas, por los cuestionamientos sobre la vida, por el misterio de lo que somos y del universo, por el dolor que no siempre se ve y por esa necesidad profunda de comprender por qué nos pasa lo que nos pasa.
Y aunque siempre había sentido que quería acompañar, por distintas circunstancias familiares, mi camino tomó otra dirección y antes de estudiar psicología, estudié ciencias de la comunicación.
Ciencias de la comunicación no era exactamente el camino que había imaginado, pero tampoco se sintió ajeno. Disfrutaba mucho estar en los jardines de mi universidad en soledad pensando, leyendo, escribiendo y creando. Mis materias favoritas recuerdo que eran todas donde había expresión, creatividad y creación literaria.
Porque antes de pensarme como terapeuta, también había en mí una necesidad muy fuerte de crear.
Desde niña quise escribir. Leía mucho, escribía mucho y la creación siempre estuvo muy cerca de la palabra: la obra literaria, los poemas o las canciones. Siempre me sentí muy cerca de la posibilidad y del juego de encontrar y poner un lenguaje donde antes solo había intuición, intensidad o silencio.
Con el tiempo entendí que ese desvío no estaba tan separado de mi camino. La comunicación, la escritura y la psicología hablaban, en el fondo, de una misma búsqueda: comprender la experiencia humana y encontrar una forma honesta de traducirla.
Para mí, la palabra ha sido una forma de tocar lo que no siempre se puede tocar directamente. Una manera de traducir lo invisible.
Una forma de decir: esto que sientes tiene sentido, aunque todavía no tenga nombre.
Y hoy creo que quizá la escritora fue mi primera terapeuta.
Esa parte de mí que, mucho antes de conocer el lenguaje clínico, ya intentaba escuchar, nombrar y dar forma a lo que todavía no encontraba una manera clara de existir.
Mi tesis en comunicación iba a tratar sobre el impacto de la comunicación no verbal en la sociedad actual. En ese momento quizá no lo entendía del todo, pero hoy me parece muy coherente con mi camino. Ahora puedo ver cómo desde mucho antes me interesaba lo que se dice sin decirse: el gesto, el silencio, la mirada, la tensión en el cuerpo, la respiración contenida, la forma en que una persona sonríe mientras algo dentro de sí está haciendo un esfuerzo enorme por no derrumbarse.
Después de graduarme de comunicación, algo en mí seguía sin sentirse del todo en su lugar.
Había estudiado algo que sí tenía que ver conmigo: la palabra, el lenguaje, la creación, la observación de lo humano. Pero una parte más profunda de mí seguía recordando aquello que había dejado en pausa: el deseo de acompañar.
Durante un tiempo intenté seguir el camino que ya había empezado: comunicación que luego me llevó al marketing y al ecommerce (hasta fundé una marca de ropa), pero por dentro había una sensación insistente de desacomodo.
Como si algo en mí supiera que todavía no estaba en el lugar desde donde realmente quería vivir, y sobre todo, desde donde quería servir.
Y entonces llegó una crisis, ¡bendita crisis! me descolocó por completo. Fue abrupta, intensa y ahora que lo pienso, medio caótica. Una de esas crisis que no llegan con delicadeza, pero que terminan moviendo las estructuras que ya no podían sostener una vida que aunque parecía funcionar, no se sentía del todo propia.
Esa crisis me devolvió a una verdad que yo había intentado guardar: quería acompañar procesos humanos, quería sostener ese espacio en donde el lenguaje aún no toma forma.
Quería comprender a profundidad el mundo interno pero no solo comprenderlo, quería transitarlo y luego acompañar a otros a transitarlo, quería estudiar aquello que siempre me había llamado.
Así fue como decidí retomar mi camino y cursar una segunda carrera: la Licenciatura en Psicología.
Me rondaron muchos cuestionamientos: ¿otra carrera? ¿a esta edad? ¿y luego, qué voy a hacer?
Incluso, cuando se lo contaba a amigos y personas cercanas me decían “no es necesario” o recibía un “¿y eso para qué?”. Y aún con dudas de mi entorno y con la propia incertidumbre, lo hice. Pero incluso al estar estudiando psicología, algo en mí seguía buscando un lenguaje más amplio.
No porque la psicología no se sintiera importante. Al contrario: estudiar psicología fue, para mí, un regreso a una parte esencial de mi camino. Pero algo parecía no “sentirse suficiente”, había preguntas que seguían buscando otro lugar. Preguntas existenciales, filosóficas y espirituales que me habían acompañado desde muy joven y que no siempre encontraba cómo poner en el salón de clases. Preguntas sobre la vida, la muerte, el sentido, la conciencia, el alma, los símbolos, los sueños, los estados profundos de la psique y esa parte de la experiencia humana que no siempre cabe en una explicación racional, técnica o académica.
Y sin embargo, aún con un lenguaje más amplio y una comprensión más “elevada”, algo no terminaba de encajar.
En mi consulta, fui notando algo que se repetía una y otra vez: muchas personas no necesitaban primero elevarse, entender grandes verdades o encontrar de inmediato un significado superior a lo que vivían.
Necesitaban algo más elemental y más profundo a la vez: volver a sentir sus pies en el suelo.
Poder respirar un poco más hondo sin desbordarse, poder notar un límite, poder habitar el cuerpo sin sentir que el cuerpo era peligroso, poder estar en vínculo sin tener que defenderse, complacer o querer huir todo el tiempo.
Y eso me fue moviendo, no porque lo transpersonal hubiera dejado de importarme, sino porque empecé a ver con más claridad que -en la mayor parte de los procesos-, el centro estaba en otro lugar: en el cuerpo, en el sistema nervioso, en el trauma, en la regulación, en la presencia, en el vínculo.
Lo transpersonal me había dado un mapa amplio de la psique, pero necesitaba más suelo
Necesitaba cuerpo, necesitaba vínculo, presencia encarnada.
Necesitaba una mirada más integradora para el trauma.
Fue entonces que decidí estudiar y formarme en psicotraumatología porque necesitaba una forma más precisa, más humana y más cuidadosa de acompañar aquello que se abre cuando una persona toca capas profundas de sí misma.
Y entendí que no basta con abrir la experiencia, también hay que saber sostenerla.
No basta con tocar lo sutil, también hay que comprender lo que vive en el cuerpo, en el sistema nervioso, en la historia relacional y en las defensas que una persona tuvo que construir para sobrevivir.
Ahí empezó a ordenarse algo dentro de mí y lo comprendí:
✺ La psicología transpersonal y los estados expandidos de consciencia ampliaron mi horizonte de lo humano.
✺ La psicotraumatología me enseñó a mirar cómo ese humano se organiza, se protege, se fragmenta y también puede repararse.
✺ La somática me recordó que ninguna transformación profunda ocurre realmente si el cuerpo no puede integrarla.
Y entonces comprendí algo que hoy sostiene mi forma de acompañar: lo sagrado también existe en lo cotidiano.
No como una meta a conquistar, ni como una experiencia que tenemos que perseguir.
Lo sagrado, para mí, no se busca a la fuerza ni se mide por la intensidad de una experiencia: se sostiene.
Se sostiene en la forma en que nos acercamos a lo vulnerable sin invadirlo, en la manera en que respetamos el ritmo de un cuerpo, en el cuidado con la que acompañamos una defensa y una historia, en la presencia que ofrecemos cuando algo profundo empieza a revelarse.
A veces lo sagrado no aparece como una gran revelación, sino como algo que nos acomoda, nos devuelve dignidad y nos recuerda que la profundidad también puede habitar la vida diaria.
Y hoy mi trabajo habita ese puente:
Un espacio donde la dimensión humana y la dimensión espiritual no se excluyen, pero donde el cuerpo, la seguridad, el vínculo y el sistema nervioso ocupan un lugar central.
Lo espiritual no queda fuera, pero tampoco se usa para evitar lo humano. El cuerpo no queda fuera, porque muchas veces es ahí donde la historia sigue hablando. Y la palabra tampoco queda fuera, porque nombrar con cuidado y precisión puede ser una forma profunda de comprensión y de reparación.
Lo transpersonal me dio lenguaje para la profundidad, pero la psicotraumatología y la terapia somática me dieron suelo para acompañarla sin saltarme el cuerpo, el vínculo y el sistema nervioso.
Cuando llegué a esta integración entre lo transpersonal, el trauma, el sistema nervioso y la somática, entendí algo que, de algún modo, ya venía buscando desde mis años en comunicación:
No todo lo importante ocurre en las palabras, a veces el cuerpo habla antes que la historia.
A veces una defensa dice más que una explicación, a veces el síntoma es una frase que todavía no encontró lenguaje.
Por eso para mí la palabra nunca ha sido solo palabra. Para mí, desde niña, la palabra es puente, es traducción, es una forma de tocar con cuidado lo que todavía no puede tocarse de frente.
Y hoy creo que quizá siempre he querido hacer lo mismo: traducir lo invisible.
Antes, desde la comunicación. Ahora, desde el cuerpo, el trauma, el vínculo y la presencia.
¿Por qué trauma?
Decidí especializarme en trauma porque, con el tiempo, entendí algo que me cambió la vida: el trauma sigue siendo una de las raíces más ignoradas, negadas y malinterpretadas del sufrimiento humano.
Y el trauma relacional, en particular, me parece una de las formas más profundas y menos visibles de ese sufrimiento. Profundizar más en el trauma relacional derivado de la negligencia emocional, me permitió comprender algo que no siempre se nombra: que muchas heridas no nacen solo de lo que ocurrió, sino de lo que ocurrió sin suficiente presencia, protección, reparación o vínculo... de lo que no pasó, de lo que faltó.
Después de mi recorrido personal y haber explorado tantos abordajes y acercamientos: no fue hasta que trabajé con una mirada informada en trauma que algo en mí realmente cambió. Me cambió la forma en la que entendía mi propia historia, mis defensas, mis síntomas, mis vínculos, mis formas de sostenerme y también mis formas de sobrevivir.
Durante mucho tiempo pensé que comprender era suficiente. Que si una persona podía narrar su historia, encontrarle sentido, conectar con una explicación profunda o tocar una dimensión espiritual de su proceso, algo necesariamente iba a transformarse.
Y sí, muchas veces comprender abre puertas. La palabra, el sentido y la conciencia importan, pero en mi propio proceso y en el de mis consultantes, empecé a ver que eso no siempre alcanzaba.
Había algo que seguía hablando desde otro lugar: aún con comprensiones profundas y aún en contacto con los mundos sutiles y espirituales, el cuerpo seguía en alerta. El sistema nervioso seguía reaccionando como si el peligro no hubiera terminado. Algunas defensas seguían apareciendo aunque la mente ya entendiera. Algunas heridas no se transformaban solo porque pudiéramos explicarlas. Y muchas veces lo que parecía resistencia, autosabotaje, bloqueo, ansiedad, desconexión, intensidad emocional o incapacidad para poner límites era una organización profunda de supervivencia.
Cuando integré la mirada del trauma, mi forma de acompañar cambió desde la raíz
Empecé a mirar menos desde la pregunta “¿qué le pasa a esta persona?” y más desde una pregunta más humana: “¿qué tuvo que organizar esta persona para poder seguir adelante?”
Eso cambió mi ritmo, mi escucha, mi manera de entender las defensas. Cambió mi forma de intervenir, de esperar, de no empujar, de no confundir intensidad con profundidad, de no tomar el síntoma como enemigo y de no exigirle al cuerpo una transformación para la que todavía no tenía suficiente seguridad.
Y también cambió lo que empecé a ver en los procesos que acompaño. Cuando el trauma dejó de ser un tema secundario y se volvió una columna central de mi trabajo, algo empezó a tener más coherencia. Los procesos dejaron de girar solamente alrededor de entender, resignificar o buscar respuestas, y empezaron a orientarse hacia algo más profundo y más encarnado: crear condiciones para que el sistema nervioso pudiera sentirse suficientemente seguro como para reorganizarse.
Ahí empecé a ver cambios más reales, más sostenibles y más humanos
No cambios espectaculares ni abruptos, ni transformaciones de un día para otro. Sino pequeñas reorganizaciones que importan muchísimo: una persona que puede notar un límite antes de romperse, respirar un poco más profundo sin desbordarse, reconocer una defensa sin odiarse por tenerla, sostener una emoción sin sentir que arrasa por completo, dejar de exigirse sanar rápido y empezar a relacionarse con su cuerpo con un poco más de respeto.
Para mí, el trauma no es solamente lo que pasó. También es lo que tuvo que suceder dentro de una persona para poder seguir adelante después de lo que pasó.
Es memoria implícita, respuesta fisiológica, defensa, vínculo, adaptación. Es una manera inteligente -aunque dolorosa- de protegerse cuando no hubo suficiente seguridad, sostén o posibilidad de elegir algo distinto.
Mi trabajo parte de una mirada informada en trauma, somática y relacional
Esto significa que no veo los síntomas, bloqueos o patrones como defectos que hay que corregir, sino como expresiones de una historia que necesita ser escuchada con más profundidad, más cuerpo, más compasión y menos juicio.
Porque cuando dejamos de mirar el trauma como una falla y empezamos a verlo como una organización, algo se vuelve menos cruel. Y desde ahí, muchas veces, empieza la posibilidad real de sanar.
Y cuando hablo de "sanar", me refiero a sentirnos completas.
Porque para mí “sanar” no significa curarse en el sentido de borrar todo síntoma, eliminar toda herida o volverse una versión impecable de una misma.
Sanar, en este espacio, tiene más que ver con VOLVER A LA TOTALIDAD.
Con reunir lo que el dolor, el miedo, la vergüenza o la supervivencia dejaron separado. Con dejar de tratarnos como un conjunto de defectos que hay que corregir y empezar a mirarnos como una historia viva que necesita integración, cuerpo, vínculo y presencia.
Porque el trauma no siempre “rompe” a una persona de forma visible. Muchas veces la fragmenta por dentro
Se separan partes, afectos, impulsos, memorias, necesidades, deseos, límites, voces internas. Algunas partes quedan exiliadas de la conciencia. Otras aprenden a proteger, otras se congelan, otras complacen, otras se endurecen, otras siguen esperando que algo por fin sea seguro.
Desde esta mirada, sanar no es arreglar lo "defectuoso", es empezar a reunir lo que quedó separado.
Es devolverle vínculo a lo que tuvo que irse a la sombra para que pudieras seguir adelante, es integrar. Es poder mirar una defensa sin juzgarla o rechazarla, es reconocer una emoción sin que te arrastre por completo, nombrar una herida sin convertirla en identidad, habitar una parte antigua de ti sin tener que vivir toda tu vida desde ahí.
Por eso, para mí, sanar no siempre es curar, a veces sanar es integrar.
Es recuperar la totalidad que el trauma, la vergüenza, el miedo o la defensa fragmentaron.
¿Por qué nació este espacio?
Este espacio nació de una búsqueda personal, transpersonal y profesional por comprender la experiencia humana con más profundidad.
Me considero una exploradora del mundo externo, pero sobre todo del mundo interno. Durante años busqué respuestas en la psicología, la filosofía, la espiritualidad, la hipnosis, los estados expandidos de consciencia, el cuerpo, el lenguaje, el trauma y la escritura.
Ese recorrido no siempre fue ordenado, como puedes notarlo. A veces fue turbulento, caótico, dudoso, pero siempre profundamente conmovedor.
Mi propio proceso de autoconocimiento (que por cierto, no ha terminado) me enseñó algo esencial: para comprendernos con más verdad no basta con buscar afuera.
No porque el afuera no importe. Los vínculos importan, el contexto importa, la historia importa. El acompañamiento claro que importa. Pero ningún método, maestro, experiencia espiritual, técnica o explicación externa puede hacer por nosotras el viaje de conocernos y habitarnos en profundidad.
Ese viaje es hacia adentro, sí. Pero no hacia un “adentro” aislado: es hacia el cuerpo, hacia la historia, hacia las partes heridas, hacia los recursos, hacia la relación con una misma, hacia el modo en que aprendimos a amar, protegernos, callar, sostener, huir, complacer o endurecernos.
Y heme aquí: no como alguien que tiene todas las respuestas, sino como alguien comprometida con sostener preguntas verdaderas y acompañarte por respuestas… o por más preguntas que podamos seguir sosteniendo juntas.
No como alguien que viene a sanarte, sino como alguien que puede caminar contigo mientras tu cuerpo, tu historia y tu conciencia encuentran formas más amables, honestas y vivas de reorganizarse.
También soy palabra
Ser terapeuta es una parte muy importante de mí, pero no es todo lo que soy.
También soy humana. Soy una persona que piensa, siente, observa, duda, se conmueve, se enoja con los discursos que simplifican el dolor humano y se emociona cuando una frase logra abrir un espacio de posibilidad donde antes solo había confusión.
Y hoy he conectado con una verdad esencial: no quiero crear contenido solo para ordenar conceptos psicológicos. Quiero comunicar, quiero volver a escribir.
Quiero decirle a esa niña que leía, escribía y buscaba palabras para todo lo que sentía: lo logramos. Lograste traducir lo invisible no solo para ti, también para otras personas.
Quiero poner en palabras eso que muchas personas sienten pero no saben cómo nombrar.
Quizá este espacio también sea eso: un lugar donde la psicología se encuentra con la palabra. Donde lo clínico no pierde humanidad. Donde el cuerpo, la historia, el vínculo y el misterio pueden tener lenguaje.
No estoy aquí solo para dar información, estoy aquí para traducir algo. A veces del cuerpo, a veces del dolor, a veces de la supervivencia, a veces de ese espacio liminal que todavía no sabe cómo llamarse.
Tal vez antes quería ser escritora… tal vez todavía.
Quizá ahora puedas entender por qué en mi página todo tiene tanto texto. Ojalá lo hayas notado. Ojalá no solo lo hayas leído, ojalá algo de esto te haya tocado.
Porque con el tiempo también he entendido que no quiero escribir solo para explicar, quiero escribir para tocar algo vivo, algo verdadero.
Algo que quizá, hasta ahora, no había encontrado lenguaje.
Cómo acompaño
Trabajo con trauma, pero también con la POSIBILIDAD.
Porque aunque el trauma pueda marcar profundamente la forma en que habitamos el cuerpo, el vínculo y la vida, no alcanza a tocarlo todo.
Hay una parte de nosotras que no desaparece. Existe en todas nosotras una capacidad de reorganización, de contacto, de deseo, de presencia… de volver a la totalidad.
A veces está cubierta por defensas, miedo, dolor, vergüenza o cansancio. A veces no se siente disponible, pero ahí sigue.
Mi trabajo no es forzar el cambio, sino acompañar las condiciones para que esa posibilidad vuelva a sentirse segura en el cuerpo.
Acompañar, para mí, tiene algo de descenso: no busca subir rápido a la luz. Baja con cuidado a los lugares donde una persona tuvo que abandonarse para pertenecer, para ser amada, para no perder el vínculo, para no romperse del todo.
Y ahí, en esos lugares subterráneos, no entramos con una linterna, entramos con una vela.
No acompaño desde una promesa de transformación espectacular, acompaño desde algo más humano: la POSIBILIDAD.
✺ La posibilidad de que algo en ti deje de vivir en estado de defensa.
✺ La posibilidad de que no tengas que entenderlo todo para empezar a volver a ti.
✺La posibilidad de que tu historia no sea una condena, sino un territorio que puede ser recorrido con otra presencia.
✺La posibilidad de que el dolor no tenga la última palabra.
✺La posibilidad de que haya una parte tuya que el trauma no alcanzó a tocar.
Para mí, acompañar a otro ser humano en su camino de regreso hacia sí mismo no es solo un trabajo, sino una forma de témenos: ese espacio sagrado donde el cuerpo, la historia y el alma pueden empezar a nombrar lo sutil sin ser forzados.
“Sanar es volver a una misma y el camino de regreso es el amor.”
Gracias por leer hasta acá.
Con mucho cariño,
—Val.
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Si algo de mi historia resonó contigo, quizá este espacio también pueda acompañarte.